No os dejéis engañar por las apariencias ni por los coloridos motivos florales. El maestro jardinero no es un simple manual sobre botánica, o al menos no se queda solo en la superficie de la tierra. Con esta nueva cinta, Paul Schrader pone el broche final a un tríptico cinematográfico que arrancó allá por 2017 con El reverendo y continuó su particular vía crucis con El contador de cartas (2021). Él mismo define esta serie de películas como la historia de “un hombre solo en una habitación”. Todas comparten un hilo invisible: esa violencia latente que aguarda su momento para estallar y la siempre esquiva posibilidad de redención.
Primero vimos a Ethan Hawke encarnando a un párroco ahogado entre la mercantilización de la fe y la inminente crisis climática. Luego le tocó el turno a Oscar Isaac, apostando su suerte en torneos millonarios de póquer para huir de sus demonios. Ahora, la batuta pasa a manos de Joel Edgerton. Interpreta al jardinero del título, un hombre dedicado en cuerpo y alma a mantener impecable la finca de Norma Havernill, una adinerada mujer de la alta sociedad a la que da vida Sigourney Weaver. La verdadera semilla que planta Schrader aquí nos plantea si es posible domesticar la naturaleza humana, ordenar nuestro propio caos interior y permitir que personajes llenos de aristas encuentren la paz en algo tan fortuito como el amor.
La austeridad de un francotirador del cine
Rozando ya la ochentena, cada nuevo trabajo acerca al director a una sencillez casi bressoniana. Se despoja de adornos superfluos para ir directo al hueso de la narración. Pese a su peso histórico en la industria, levantar una película sigue siendo para él un acto kamikaze. Una cuestión de resistencia vital. Buena prueba de ello es su negativa a operarse de un desprendimiento de retina en pleno rodaje; prefirió plantarse un parche en el ojo antes que detener la producción. Había que terminar la película a toda costa y a costa de todo.
Parece mentira, pero el aplauso unánime a su faceta como director se le había resistido bastante, eclipsado a menudo por sus míticos guiones para Scorsese, como Toro salvaje o La última tentación de Cristo. Hasta 2018 no consiguió su primera nominación al Oscar por El reverendo. Ahora, por suerte, los festivales de primera categoría le abren sus puertas de par en par, tal y como demostró el estreno de El maestro jardinero fuera de competición en Venecia.
Cicatrices ocultas bajo la ropa de trabajo
Schrader es, por encima de todo, el gran retratista de los corazones aislados. Sus protagonistas arrastran pasados traumáticos que revientan cualquier intento de relacionarse con normalidad. Han sido moldeados a base de golpes por la guerra, la brutalidad o las adicciones. Todo esto nos lo cuenta mediante fogonazos visuales, flashbacks repentinos que fracturan la tranquilidad del presente. Bajo la ropa de faena de nuestro jardinero se oculta una piel devorada por los tatuajes, una flagrante contradicción que cuestiona la fachada pacífica que muestra al mundo.
Aun así, hay espacio para la delicadeza. Ya en los títulos de crédito, que muestran la floración de distintas especies a cámara rápida, se intuye a un cineasta más íntimo. A pesar de su fama de explorar los rincones más salvajes de la humanidad, el paso del tiempo parece haber ablandado a Schrader. Él y sus personajes buscan redimirse. Una mirada vulnerable que, irremediablemente, cobra un sentido mucho más profundo tras el reciente diagnóstico de Alzheimer de su mujer.
Del silencio al ruido: Un Hamlet en el infierno inmobiliario
La angustia y la locura no son patrimonio exclusivo de los veteranos de Hollywood. La cartelera de esta semana nos trae otras formas de lidiar con los fantasmas del pasado. Si el jardinero de Schrader calla y poda, el príncipe de Dinamarca grita al volante de un coche de lujo.
Llega a las salas una nueva y arriesgada visión de Hamlet, dirigida por Aneil Karia. El espectacular Riz Ahmed se mete en la piel del atormentado protagonista, ahora convertido en el heredero de una familia adinerada de origen surasiático en el Londres contemporáneo. Karia y el guionista Michael Lesslie han metido la tijera a la monumental tragedia de Shakespeare. Mantienen el lenguaje y el núcleo de la historia, pero cambian las reglas del juego: Elsinore es ahora una despiadada corporación inmobiliaria dedicada a desahuciar campamentos de personas sin hogar.
Cuando Hamlet descubre que su madre (Sheeba Chaddha) va a casarse con su tío Claudio (Art Malik), el hombre que orquestó el asesinato de su padre, la sed de venganza lo devora. Su famosa indecisión sigue ahí, dictando su fatídico destino. El mítico monólogo del “ser o no ser” nos lo escupe a gritos mientras conduce su BMW de forma temeraria. Faltan piezas icónicas por el camino, como Horacio, Rosencrantz, Guildenstern o el cráneo de Yorick, pero a cambio la cinta nos regala secuencias vibrantes con bailes surasiáticos y una opulenta boda hindú. Puede que su carácter resumido ampute algunas de las alegrías de la obra original, pero el magnetismo febril del texto sigue intacto. Ahmed nos entrega un príncipe delirante, angustiado y feroz, situándose a la altura de las grandes interpretaciones del personaje que en su día firmaron desde Laurence Olivier hasta Kenneth Branagh o Ethan Hawke.
Ansiedad y conexiones improbables en la gran manzana
Las fracturas de la mente también pueden contarse desde una óptica menos colérica, apostando por la comedia dramática. Fantasy Life se estrena eligiendo la ligereza narrativa para hablar de monstruos cotidianos como la ansiedad y la depresión. Matthew Shear, que dirige, escribe y protagoniza la cinta, interpreta a Sam, un joven que ha dejado la facultad de derecho y que sufre ataques de pánico en las librerías. En la primera escena, que ya marca el tono peculiar de la película, Sam le ofrece comprarle un sombrero a una amable desconocida que intenta socorrerle en plena crisis de ansiedad.
Esa desconocida es Dianne, interpretada por una brillante Amanda Peet que regresa a la gran pantalla tras una década de ausencia. Dianne es una actriz cincuentañera y acomodada cuya carrera se ha visto frenada en seco por la depresión. Sam acaba haciendo de niñero para las tres nietas del psiquiatra de Dianne (Judd Hirsch), y entre ambos surge una amistad de tintes románticos. Pasan tiempo juntos en la casa de ella en Manhattan y en Martha’s Vineyard, aprovechando las continuas ausencias de su marido, un músico emocionalmente nulo al que da vida Alessandro Nivola.
Peet consigue que un personaje que sobre el papel podría resultar antipático y privilegiado se convierta en una mujer fascinante. Hay escenas sencillamente memorables, como una cena con la familia judío-americana de Dianne que acaba en una acalorada y ruidosa discusión sobre Israel. Shear demuestra un pulso firme para retratar la incomodidad de las conexiones modernas.
El refugio de las aves urbanas
Esa redención escurridiza a veces no se encuentra en el amor humano ni en el ajuste de cuentas, sino en la pura conexión con nuestro entorno. El cine documental también tiene su espacio esta semana en San Francisco con un sentido homenaje. El mítico Roxie Theater proyecta The Wild Parrots of Telegraph Hill, el aclamado trabajo de 2003 de la cineasta Judy Irving.
La sesión del domingo cobra un significado dolorosamente actual, ya que sirve para despedir a Mark Bittner, el escritor, músico y protector de estas singulares aves, fallecido el pasado 1 de marzo. Tras la proyección del documental, basado en el propio libro de Bittner, se celebrará un coloquio con la directora, además de la hermana del homenajeado, Beth Lyons, y Sarah Lemarie, del centro de rescate de aves Mickaboo. Una historia real sobre cómo un hombre puede dar sentido a su existencia cuidando de los ecosistemas marginales de la ciudad, cerrando el círculo temático de una semana cinematográfica donde el trauma, la naturaleza y la sanación van de la mano.