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El arte de la adaptación en la animación: entre la fidelidad y la reinvención

Cuando muchos aficionados comenzaron a adentrarse seriamente en el mundo del manga y el anime, la referencia indiscutible de popularidad era la versión de 2003 de Fullmetal Alchemist. Por aquel entonces, existía una noción vaga de que la serie divergía del manga original de Hiromu Arakawa. Aunque cierto sector del público mostraba su descontento con el rumbo que tomó aquella producción, no eran pocos los seguidores que preferían abiertamente el anime precisamente por esas diferencias; ambas perspectivas convivían de forma bastante equilibrada en los foros de internet de la época.

Al revisitar la obra de 2003 años más tarde, coincidiendo con el lanzamiento en Blu-ray por el aniversario de Funimation, la sorpresa fue mayúscula: la serie había envejecido increíblemente bien y se mantenía por méritos propios como uno de los mejores animes de su generación. Sin embargo, su reputación actual dentro del fandom ha disminuido considerablemente. Gran parte de este fenómeno se debe a su escasa disponibilidad en las plataformas de streaming, ya que Aniplex ha optado por mantenerla en un segundo plano durante la última década. No obstante, la razón de mayor peso es que ahora se percibe como la versión “inferior” por ser una adaptación menos fiel, especialmente tras la llegada de Fullmetal Alchemist: Brotherhood, aclamada por trasladar la historia del manga de forma más directa.

La falacia de la recreación perfecta

Sobre el papel, el debate parece resuelto, pero plantea una cuestión fundamental: ¿qué define exactamente a una buena adaptación y cómo se traduce eso en un buen anime? Para responder a esto, es conveniente analizar qué entendemos por “calidad” en este contexto. Si preguntásemos a la mayoría de los seguidores, la respuesta probablemente apuntaría a una recreación prácticamente 1:1 del material original acompañada de una animación competente. Es una postura comprensible, pero matizable.

Es imperativo reconocer que ninguna adaptación puede ser una réplica perfecta de su fuente, ni debería esperarse que lo fuera. El anime y el manga son medios distintos, con fortalezas y debilidades propias que no se pueden trasvasar fácilmente. Incluso la adaptación más literal es incapaz de replicar cómo la disposición de las viñetas marca el ritmo de la acción o cómo el sombreado y el trazo del dibujo invocan reacciones emocionales específicas en el lector. Siempre habrá matices que se pierdan o se transformen en el cambio de formato. Además, el equipo de producción está compuesto por creativos cuyas sensibilidades influirán inevitablemente en el resultado final, desde la dirección de escena hasta la banda sonora, elementos que, incluso en las mejores obras, nunca serán un sustituto total del original.

Maestría técnica: el caso de Frieren

Un ejemplo reciente y aclamado por la crítica es Frieren: Beyond Journey’s End. Aunque tanto el anime como el manga logran transmitir con eficacia el paso del tiempo en las vidas de la protagonista y sus compañeros, las herramientas empleadas difieren notablemente. Mientras que el manga invita al lector a detenerse en paneles breves sobre sus actividades cotidianas, el anime consigue este efecto mediante una cuidadosa dirección visual y la animación de los personajes, creando la ilusión de que transcurren semanas o meses en apenas unos segundos; una sensación potenciada por la magnífica partitura orquestal de Evan Call.

Del mismo modo, aunque las batallas mágicas son uno de los puntos fuertes del anime, gran parte de su impacto visual se debe a que el manga original flaquea comparativamente en la representación de la acción. En el papel, los combates tienden a ser rígidos y los hechizos rara vez pasan de ser simples rayos mágicos, lo que a menudo resulta en secuencias de acción algo monótonas. Estas diferencias, aunque jueguen a favor de la versión animada, generan dos experiencias distintas dependiendo de la versión de la historia que se consuma.

En la misma línea, es posible que una adaptación se sienta radicalmente diferente a su material de origen, incluso si sigue los mismos puntos narrativos. Un caso paradigmático es la primera temporada de The Promised Neverland, que, siendo una narración bastante directa del arco de Grace Field, sustituye la estética de fantasía de cuento del manga por un fotorrealismo que altera por completo la atmósfera visual.

Nuevos horizontes: la irrupción de la animación china

Este panorama de constante evolución narrativa no se limita exclusivamente a las producciones japonesas. El mercado de la animación china ha comenzado a exportar títulos que juegan con los tropos clásicos del género fantástico, aportando su propia visión. Un ejemplo representativo de esta expansión es The Last Summoner (Zuihou De Zhaohuan Shi), una serie que aborda la temática de la invocación desde una perspectiva contemporánea y humorística.

La trama nos presenta el encuentro fortuito que cambia para siempre la vida ordinaria de un joven cocinero con un talento excepcional. Todo comienza cuando una chica hambrienta aparece misteriosamente en su cocina; no es una humana cualquiera, sino Dora, un espíritu invocado y una diosa de apariencia adorable que, para desgracia del protagonista, ahora lo reconoce como su amo. Lejos de sentirse halagado, el joven no muestra el más mínimo interés en esta situación y hace todo lo posible por distanciarse de la figura fantasmal. Sin embargo, como suele dictar el destino en estas historias, al convertirse en invocador por accidente ya no hay vuelta atrás.

Esta producción, emitida originalmente en China entre el 26 de abril y el 5 de julio de 2022, cuenta con una temporada de 12 episodios. Al igual que ocurre con los grandes debates sobre la fidelidad en las adaptaciones japonesas, obras como The Last Summoner demuestran que, independientemente del país de origen o el estilo de animación, el núcleo de la industria sigue siendo la capacidad de contar historias que conecten con el espectador, ya sea a través del drama épico o de la comedia sobrenatural.