De dejarse los nudillos en el asfalto a enfundarse las mallas de Marvel, la carrera de Channing Tatum ha dado más vueltas que una noria. Ha pasado de ser el interés romántico de Rachel McAdams en Todos los días de mi vida a comerse la pantalla como Gambito en el fenómeno de Deadpool y Lobezno, sin olvidar su escarceo espacial en la comedia romántica Fly me to the Moon. Ningún charco le ha parecido lo bastante profundo al actor estadounidense. Pero el próximo 23 de agosto, Tatum cambia de tercio radicalmente y se mete en la piel de uno de los personajes más turbios de toda su trayectoria. Hablamos de Parpadea dos veces, el debut tras las cámaras de la polifacética Zoë Kravitz (a la que vimos comer polvo como Toast en Mad Max: Furia en la carretera), que se lanza al ruedo con un thriller psicológico bañado en comedia negra para destripar la cara más siniestra de los ricachones.
La premisa de Kravitz es un caramelo envenenado. Slater King (Tatum), un magnate tecnológico forrado de millones, invita a su nueva conquista, Frida, y a su pandilla de amigos a unas idílicas vacaciones en su isla privada. Lo que sobre el papel es una escapada de ensueño no tarda en convertirse en una ratonera cuando descubren que han caído en las redes de un anfitrión perturbador y con una agenda muy oscura. En este papel, Tatum explora una faceta calculadora y maquiavélica, despojándose por completo de ese carisma bonachón que suele derrochar y dejando al espectador con muy mal cuerpo.
Kravitz, que también firma el guion junto a E.T. Feigenbaum —lo que le suma un punto extra de autenticidad a la obra—, maneja las dinámicas del grupo soltando extrañas exigencias y giros macabros que prometen mantener al público al borde de la butaca. El reparto de esta pesadilla paradisíaca tampoco se queda corto. Naomi Ackie, que ya despuntó encarnando a Whitney Houston en su biopic, consolida aquí su reputación como una de las actrices más prometedoras de su generación. Y ojo al resto del elenco que arropa el proyecto: Alia Shawkat (Green Room), Simon Rex (el mítico de Scary Movie), Adria Arjona (Morbius) y Haley Joel Osment, el niño de El sexto sentido, que ya peina canas. Si la jugada le sale redonda, Kravitz se posiciona con este proyecto como una directora a la que habrá que seguirle la pista muy de cerca.
Curiosamente, esa frescura, riesgo y tensión que transpira la cinta de Kravitz es exactamente lo que brilla por su ausencia en el otro gran título de misterio del momento: Enola Holmes 3 (2026). Si nadie ha prestado demasiada atención a los nombres detrás de las cámaras de esta saga de Netflix, tampoco pasa nada; no es que estemos hablando de los grandes tótems del cine moderno. Sin embargo, en esta tercera entrega el bajón es clamoroso. Phillip Barantini coge las riendas de la dirección y nos cuela un pasatiempo descafeinado y plano. La película funciona como una trama secundaria estirada hasta el bostezo, centrada casi exclusivamente en una boda, donde el misterio parece haberse metido con calzador por puro trámite contractual. En lugar de currarse un suspense que te estruje las neuronas, el metraje se infla a base de pasear a los personajes de entregas anteriores.
La cosa arranca con la joven detective (Millie Bobby Brown) afirmando con todo el morro, a través de la voz en off, que todas las buenas películas empiezan o acaban con una boda. Una sobrada tremenda que ignora la inmensa cantidad de peliculones que no tienen nada que ver con pasar por el altar, y una declaración de intenciones que la propia cinta es incapaz de sostener con un mínimo de calidad. De hecho, gran parte del espectacular elenco —que cuenta con nombres como Himesh Patel, Sharon Duncan-Brewster, Helena Bonham Carter, Susan Wokoma, Jason Watkins y Peter Winfield— da la sensación de haber fichado solo para rellenar la cuota, asomando la cabeza de forma esporádica para luego ser apartados sin venir a cuento.
Nuestra protagonista, que a estas alturas ya mira de tú a tú a su hermano Sherlock en lo que a dotes detectivescas se refiere (un Henry Cavill que chupa tan poca cámara que huele a kilómetros a problemas de agenda), anda ahora más centrada en ayudar a los desfavorecidos y en poner el foco en los problemas sociales que en codearse con la alta alcurnia. Y, como es lógico teniendo en cuenta los asfixiantes roles de género de la época victoriana, a Enola le entran los sudores fríos ante la perspectiva de casarse en Malta con su novio, el aristócrata Tewkesbury (Louis Partridge). Perder su independencia y su propia agencia de detectives no le hace ninguna gracia, hasta el punto de plantearse dejarlo plantado.
En medio de esta crisis prenupcial, estalla el conflicto: secuestran a Sherlock en Malta y algunos de los turbios invitados empiezan a desaparecer o acaban criando malvas. Pero ni con esas la película coge ritmo o sustancia. Lo poco que tiene algo de chicha real es la trama de un lugareño maltés, Mikiel Mizzi (Joe Azzopardi), que está más que harto de que los estirados británicos campen a sus anchas imponiendo su ley. Lamentablemente, los guionistas deciden ningunear esta subtrama y convierten al personaje en un chiste sin gracia, limitando su actuación a repetir su nombre una y otra vez a modo de remate cómico. Esta forma de despachar las tensiones sociales de la isla resulta, cuanto menos, insultante.
En el terreno del whodunit, la cosa hace aguas por todos lados. Si estás mínimamente atento durante la secuencia inicial o, simplemente, le echas un ojo a la lista del reparto, te hueles los supuestos giros sorpresa a la legua. Y eso, en una película de detectives, es un delito castigado con pena de cárcel. La cinta se conforma con ser una especie de álbum de cromos repetidos, tirando a la cara del espectador a los personajes de las dos primeras películas con la esperanza de que la nostalgia enmascare la falta de ideas. Si tu único plan es ponerte la película de fondo para ver a esta gente interactuar de nuevo alrededor de una boda que igual ni llega a celebrarse, quizá te haga el apaño, porque las actuaciones siguen dando la talla. Pero el ingenio y la chispa que hicieron de las primeras aventuras de Enola una agradable sorpresa dentro del olvidable océano del streaming, aquí se han esfumado por completo.